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Un Aroma de Calderas llegó a Nueva York PDF Imprimir E-Mail

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Caracas, 27/12/2010. Una ONG y una cooperativa, ambas venezolanas, confiaron en que era posible reducir la pobreza a través de actividades que fomenten la preservación y uso sostenible de la biodiversidad. Con ese compromiso, fueron reconocidas por el PNUD

Patricia Clarembaux

Luego de ocho años de lucha, algo bueno llegó para la ONG venezolana Fundación para la Agricultura Tropical Alternativa y el Desarrollo Integral (Fundatadi). Desde 2005 venían trabajando con las mujeres de las selvas de Calderas, en el Piedemonte Andino, estado Barinas. Ellas constituyeron una cooperativa –Aromas de Calderas–, cultivaron plantas medicinales y a partir de ellas generaron infusiones, jabones y todo tipo de productos naturales que hoy exhiben con orgullo en cuanta feria son invitadas. Pocos apostaron a que esto era posible.

“Nos reivindicamos cinco años después”, dice Alexis Bermúdez, director de la Fundación. “Nadie apostaba por un grupo de mujeres de pocos recursos trabajando en sus huertos. Nadie vio el potencial que había”.

En septiembre de 2010, la organización fue llamada a Nueva York a recibir el Premio Ecuatorial (www.equatorinitiative.org), un reconocimiento que desde 2002 entrega el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) –de la mano de gobiernos, sociedad civil, empresas y grupos locales– y cada dos años a comunidades locales de países en desarrollo con programas exitosos que logran trabajar en la reducción de la pobreza a través de la conservación del ambiente y el uso sostenible de la biodiversidad. En la actualidad, la Iniciativa Ecuatorial trabaja con 30 organizaciones de Asia, 32 del África y 41 de Latinoamérica.

La Fundación y la cooperativa Aromas de Calderas trabajaron conjuntamente y justo con este enfoque. Así, ganaron.

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En ascenso

Calderas es un pueblo del Piedemonte Andino Llanero, ubicado al noroeste del estado Barinas. De tradición, cafetalero. De hecho, el café es la base fundamental de la economía de sus pobladores, unos 5.000, según datos oficiales. El Consejo Nacional Electoral (CNE), por su parte, registra en esta parroquia a unos 4.332 electores.

Allí comenzó para Bermúdez –y con el apoyo de la organización donante Conservación Internacional– la idea de desarrollar una actividad sostenible que preservara el ambiente y, a la vez, contribuyera con la disminución de la pobreza. Allí, se había perdido como consecuencia de la agricultura, la tala y del cultivo de café, 85% del bosque del Piedemonte, uno de los más biodiversos del país. Algo debía hacerse, pensó Bermúdez, para revertir el daño.

Lo primero: una asamblea en el pueblo Ramal de Calderas. Omaira Ibarra, ahora presidenta de la cooperativa Aromas de Calderas, la recuerda perfectamente. “Nos motivó mucho la idea, porque a través del rescate de nuestras plantas medicinales autóctonas podíamos contribuir con la preservación del ambiente y, además, ayudarnos económicamente”.

Unas 52 familias se interesaron por participar en este proyecto, por allá en septiembre de 2005, cuando se realizó aquel primer debate entre vecinos. De ellas, sólo quedaron 17 familias interesadas en implementar la iniciativa. El resto, cuenta Bermúdez, se unió a estrategias de turismo rural, costura, cría de peces, entre otras, que para la época impulsaba la misión gubernamental Vuelvan Caras, encargada de disminuir la pobreza a través de la generación de empleo.

Se acabó la asamblea. La decisión se tomó: “Comenzamos a trabajar”, dice Ibarra. “A los tres o cuatro meses se dio la primera cosecha que empacábamos en sobres transparentes. A cada uno le colocábamos el uso de la planta y las precauciones que debían ser tomadas, según la asesoría técnica que nos dio Fundatadi”. Había infusiones de romero, hierbabuena, menta, albahaca y la más pedida: manzanilla. Luego vinieron los jabones y las velas, también con el apoyo técnico de Fundatadi.

Y así comenzaron las exposiciones y ferias de la mercancía. La primera, como era de esperarse, fue en Calderas. Para entonces, 30 personas trabajaban en el proyecto. “Fue impresionante, pues vendimos todo. Nuestros productos tenían mucha aceptación entre los pobladores y turistas”.

Luego, en 2006, viajaron a la capital, a la primera feria fuera del pueblo. Fue en el Jardín Botánico, en Caracas. También vendieron todo. “Cada vez que vamos a Caracas regresamos sin nada”, dice sonriente la presidenta de la cooperativa. De ahí en adelante, Ibarra prácticamente ha perdido la cuenta de los lugares a los que han llevado sus productos dentro del país.

En 2008, el presidente de la República, Hugo Chávez Frías, los llevó a Teherán, Irán, a la I Feria de Acercamiento, Intercambio y Complementariedad entre los países de la ALBA y la República Islámica, como un ejemplo de buena práctica en el país.

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Cosas de mujeres

Luego de casi seis años de labores, unas 19 familias hoy ven los frutos monetarios de la cooperativa Aromas de Calderas. Atrás quedaron los tiempos en que los calderistas consideraban el proyecto sólo como “un asunto de mujeres”.

“Antes de la cooperativa aquí apenas había un solo bachiller, que era yo”, dice Omaira Ibarra. Ahora, son cinco los que no sólo terminaron el bachillerato, sino que también cursan estudios universitarios. “Éramos una comunidad económicamente deprimida. Ahora hasta podemos estudiar, hemos pintado nuestras casas. No se trata de un ingreso súper millonario, pero que sí nos ayuda”.

Para Ibarra, Aromas de Calderas significa un cambio de vida, no sólo para los jóvenes, sino también para aquellos discapacitados que hoy tienen huertos en sus casas.

Alexis Bermúdez, quien ha llevado de la mano esta iniciativa, aplaude el hecho de que las mujeres se hayan empoderado de su cooperativa. Sin embargo, él esperaría que el nivel de vida de estas familias mejorara aún más. “Eso se lograría con un plan de negocios a través del que podrían llevar un registro sistematizado de las cuentas. Al no tenerlo, en este momento, la iniciativa pierde sostenibilidad”. 
 
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